Jamás he presumido de tener buena memoria, pero a pesar de la
amnesia sobrevenida y voluntaria, hay personas, momentos, cuya impronta cala
tan hondo que ni a propósito lograrías que se fueran. Tampoco es el caso. O sí,
porque tu recuerdo es agridulce, ya no estás con nosotros. Ya no puedo
fantasear con encontrarte de manera fortuita por la calle. Ya nunca será...
Hablar de infancia, es hacerlo del colegio y en mi caso, del
balonmano. Empecé a practicarlo de manera casual. Una amiga y yo buscábamos
iniciarnos en un deporte y por azar se cruzó ante nosotras. Fue un enganche
total. Entrenos en la cancha y en casa (recuerdo cómo practicaba las fintas con
las puertas del pasillo). Y tras un primer año de iniciación, en séptimo y
octavo de EGB, la cosa se puso más seria: éramos realmente competitivas,
podíamos llegar lejos en los juegos escolares y luego quién sabe...
Cambiamos de entrenador. Un día apareció un chico delgado, de
marrón pelo ensortijado, rictus serio. Nos trató como las personas mayores que creíamos
ser.
No era mala estudiante, pero suspendí una evaluación de Ciencias
Naturales y me tocó ir al examen final con toda la asignatura. Mis padres me
prohibieron ir a entrenar. Regateé con ellos. Les convencí de lo necesario que
era el balonmano para mí, de cómo me servía para descargar mis frustraciones (a
día de hoy, el deporte sigue siendo imprescindible para mantener firme mi salud
mental) y el hecho de que me lo quitaran no haría sino empeorar la situación.
Accedieron no sin antes ponerme un profesor particular: Juan Carlos.
Compartíamos profe Silvia y yo (la amiga con la que me inicié en mi afición
favorita). Nuestro tutor de Ciencias resultó ser nuestro nuevo entrenador.
Aquel chaval echado pa'lante, de sonrisa ausente, estudiante de último año de magisterio.
Se hizo imprescindible para nosotras. Como adolescentes, nos
enamoramos hasta el tuétano de él. De su buen hacer en la cancha, de su manera
de hablarnos, de lo importante que llegamos a sentirnos a su lado. De la
familia que el equipo llegó a formar.
Y como llegó, se fue.
Poco antes de terminar el colegio dejó de entrenar. Asuntos
familiares y laborales acuciantes le impidieron seguir haciéndolo.
Nos quedamos huérfanas. ¡No hubo llantos ni nada en ese
vestuario! En SU vestuario. Sabíamos que al empezar el Instituto la vida
cambiaría pero así no, joder, de manera tan brusca, no.
Desapareció de nuestras vidas.
Hablamos entre nosotras mil y una veces de él. De cómo nos marcó
(aún lo recordamos con inmenso cariño en las quedadas anuales que hacemos más
de treinta años después).
Alguien nos dijo que cambió de deporte. El baloncesto femenino ganó una gran persona entre sus filas. También alguien nos dijo que un cáncer se lo llevó. Y con él, se marchó la posibilidad de encontrarle de manera fortuita por la calle...